No existe

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John Mark Herskind

No existe. Yo nunca lo he vivido y si no lo he vivido es que no existe. De hecho creo firmemente que todo el mundo se ha confabulado para hacerme creer lo contrario, pero yo soy fiel a mis ideas. No existe. Todos mienten, y lo hacen muy bien, pero que sea una mentira tan generalizada no lo convierte en real. Todas esas historias, todos esos cuentos y películas, todos esos libros que lo nombran, y lo renombran, y lo exprimen hasta la saciedad, todas esas sensaciones que las personas relatan como si fuera un hecho extraordinario que te traslada a otro mundo, todo es un gran complot contra nosotros. Un tema recurrido, es verdad, pero nadie sabe explicar su esencia y mostrarla tal y como es. Algo sobrenatural, dicen algunos. No, simplemente componentes químicos, dicen otros. Rodeos, palabras que intentan metaforizar algo inexistente, impalpable, inodoro e incoloro, simples recurso que rodean y rodean y rodean y rodean.  Da lo mismo, no existe. En mí no ha existido y por tanto todo es una broma macabra que se han inventado. Al principio era graciosa, bueno, más bien atractiva. Lo desconocido tienta y la tentación atrae. Pasó el tiempo y comenzó a ser un tanto pesado, repetitivo e incluso, un poco aburrido. Ahora simplemente duele, hace daño ver como a tu alredor la gente cree en ello fervientemente, lo cree y lo reafirma, existe. Tú eres la ciega, la que no lo ve, la que lo rehúye y lo deja marchar. Pero no existe. No soy yo, es el mundo, todos se equivocan. No existe.

“They call you ecstasy, I can’t hold you down
I can’t hold you up…” Ecstasy – Lou Reed

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A veces se acaba el mundo

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A veces se acaba el mundo. Un día cualquiera. Hay ‘preparatistas’. Hay ‘bunkerianos’. Hay sectas que recogen el dinero antes de chapar el negocio. Por si acaso, dicen. Hay twitter. ¿Qué mejor forma de acabar con todo que compartiendo el fin del mundo? Hay hasta cínicos que no se lo creen. Pero a veces se acaba el mundo. Cada 4 ó 5 años. Dependiendo del predicador. Dependiendo del motivo. ¿Apocalipsis con jinetes y todo? ¿Meteorito? ¿Epidemia zombie? ¿Invasión extraterrestre? A veces se acaba el mundo. Y nos pilla ocupados. Comprando regalos de Navidad. Llorando al ver a Fofito anunciar fiambre. En plena protesta por la Sanidad Pública. O mientras te acurrucas en el sofá a leer un libro. Se acaba. Y se lleva a todos los cínicos. Y todas las armas con las que ibas defenderte. Hasta se lleva la cena que dejaste preparada para el martes porque ibas a llegar tarde a casa. Se va la luz. ¿Cómo voy a cargar el móvil ahora? ¿Y la tele? Oh dios mío, no había pensado en ello… ¿Qué voy a hacer sin internet? A veces se acaba el mundo. ¡Vamos a morir todos! Sí, eso no era nuevo. Algunos rezarán, como todas las noches. Otros se arrodillarán por primera vez y buscarán al dios en el que no creían. Otros llorarán y se abrazarán. Otros se irán a dormir, como una noche más. A esperar soñando. Otros aprovechan el tiempo y echarán el último polvo. Por si acaso, dicen. A veces se acaba el mundo. Y te pilla en el baño. Un momento delicado… ¿Y si pasa algo y tienes que ir al hospital? Ve depilada.  Por si acaso, dicen. Por si acaso estalla todo por los aires. ¿Y si todo el mundo grita y te haces daño en el oído? Ve depilada. No lo olvides. Y haz una última lista de reproducción. Mejor que todo explote con una banda sonora potente que en silencio y aburrido. Por si acaso. Que a veces se acaba el mundo.

Lou Reed: Perfect Day

Iggy Pop: Lust for life

Pearl Jam: Do the Evolution

System of A Down: Toxicity

REM: It´s the end of the world

Johnny Cash: Redemption day

Iron Maiden: Dance of death

Buenas noches

– Buenas noches.
– Que descanses.

Cuando hacía frío ella siempre extendía la manta. Esa vieja y con agujeros de cuando todavía él fumaba. Esa que ella quería remplazar siempre y nunca lo hacía. La misma que a él le recordaba al año en el que viajaron por primera vez juntos. Con tan sólo una mochila, la manta y una tienda de campaña.

– ¿Sabes dónde estamos?
– No lo sé. Saca el mapa.
– No.
– ¿Cómo que no?
– No lo saco. Sigue por aquí.
– Pero si no sabemos dónde estamos. Podemos perdernos.
– Mejor entonces.

Ella se dio la vuelta. Miró el techo y le escuchó respirar lentamente. Él fingió relajarse pero hacía tiempo que no lograba coger el sueño como antes. Sabía que ella estaba despierta y que no tardaría en encender la luz de su mesilla para coger el libro y las gafas.

– Espera. ¿Cuánto vale?
– Venga que se nos hace de noche y todavía tenemos que encontrar la playa.
– Ya voy. Un segundo. ¿Y éste?
– Pero si te has traído tres.
– Lo sé… Pero mira, Pedro Páramo.
– Si ya te lo has leído.
– Pero me apetece leérmelo otra vez y no lo tenemos.

Pedro Páramo. Cuántas veces se lo habría leído. Pensaba él mientras hacía malabares para intentar subirse el calcetín derecho sin que ella se diera cuenta. Ella leía. Pasaba las páginas lentamente para no despertarle e intentaba tirar suavemente de la manta para taparse lo más alto posible. Ella leía. Él lo sabía. Una o dos páginas más.

– Mira que flor más rara.
– Sí que es rara. Nunca había visto una así.
– Pues esta zona está llena.
– Debe crecer sólo aquí.
– Voy a guardarme una.
– La olvidarás en algún sitio. ¿Dónde la vas a guardar hasta que lleguemos a casa?
– Entre las páginas del libro y aunque se seque, me acordaré de que está ahí.

Una o dos páginas más. Él lo sabía. Ella suspiraría. Ahí estaba. Ella no se acordaría de que estaba allí. Nunca lo hacía. Pero sí de dónde exactamente la había cogido. Había dejado de leer y miraba la flor. Recordaba despertarse allí. Mirando al mar.

– ¿Ya has vuelto?
– Sí. No te quería despertar.
– No lo has hecho, me he despertado yo solo.
– El agua está buenísima a estas horas. Deberías darte un baño.
– No parecía tan buena por cuánto has tardado en entrar al agua.
– ¿Estabas despierto?
– Siempre lo estoy cuando tú lo estás.

Él la oyó suspirar otra vez. Ella volvió a guardar la flor en la misma página y cerró el libro. Él volvió a cerrar los ojos y a fingir que dormía. Ella apagó la luz y miró al techo. Él intentó subirse el calcetín izquierdo.

– ¿Estás despierto?
– Sí.

Promises

Carlos Bolado

B.Z. Goldberg

Justine Shapiro

Locura

Ashley G and Drew

Había llegado tarde a casa pero le había dado tiempo a darse una ducha antes de sentarse en el sofá. Sacó la libreta y en silencio escribió la palabra. Locura. Sabía que no podría pasar de ahí. Hacía un tiempo que el nudo en el estómago le impedía seguir escribiendo. Locura. Volvió a mirarla antes de levantarse y preparase un té. Locura. Se decía mientras removía la cucharilla y apretaba fuerte la taza para recoger todo el calor con sus manos siempre frías. Locura. Se volvió a levantar y se acercó a la ventana. El viento hacía que las ramas rasgaran el cristal y la luna brillaba más que nunca, como olvidada en aquella esquina del cielo. Locura, se repetía. Y pensaba si sería esa misma locura la que le apretaba fuerte en el estómago y no le dejaba dormir por las noches. Volvió al sofá. Busco la manta y echó un ojo a la temperatura. Empezaba a hacer frío por las noches. Locura. Pensaba mientras esperaba la inspiración que le hiciera olvidar que no quería dejar la locura. Locura. Pensaba mientras el nudo se hacía más fuerte en su estómago y el frío le ponía la nariz roja. Locura. Y se encogía entre la manta esperando encontrar el resultado perfecto para la ecuación más difícil. Locura. Y calculaba las horas que llevaba sin dormir. Locura. Pensaba mientras garabateaba en las esquinas de la libreta. Locura. Pretender que todo fuera fácil. Que la distancia dejara de ser distancia. Y el tiempo dejara de ser tiempo. Locura. Dejarlo todo. Huir. Arriesgar. Locura. Querer. Echar de menos. Recordar. Sonreír. Esperar. Locura. No sufrir. Vivir. Soñar… Locura. La manta ya no servía de mucho. El frío había invadido todo su cuerpo. Locura. Otra noche más el folio seguiría vacío. Locura. Otra noche más, el nudo seguiría en su estómago y no le dejaría dormir. Locura. Se metería en la cama fría y vacía y comenzaría su guerra contra el insomnio. Locura. Pero no dejaría que el insomnio le impidiera soñar que la distancia no existe. Que el tiempo es relativo. Que la locura es indescriptible. Y que no dejaría de intentarlo.

El mejor vino que tengas

Otro día más. Sentada en la misma mesa, mirando por la misma ventana. Hoy había entrado tan sigilosamente que no me había dado ni cuenta.

– ¿Qué desea señora?

– Una copa del mejor vino que tengas

– Perfecto. Ahora mismo se lo traigo.

Desde la barra sólo se veía su perfil. Siempre iba lo suficientemente arreglada como para parecer que había estado pensando qué ponerse, pero lo suficientemente informal como para parecer que no lo había hecho a propósito. Nerviosa, retorcía las manos una contra otra mientras miraba por la ventana.

– Aquí está señora. Déjelo reposar un poco para que coja mejor temperatura.

– Gracias.

Volví a la barra. Mientras secaba las tazas, ella seguía ahí, buscando algo detrás del cristal de la ventana. Ya no sólo se retorcían sus manos, también sus dedos unos sobre otros. No paraba de mover uno de los pies arriba y abajo y ni siquiera había probado el vino.

Poco a poco habían ido entrando más personas en la cafetería. El ruido se hacía insoportable, como todos los días a estas horas. Las puertas del Teatro de enfrente cada vez aguantaban más fumadores aprovechando la última bocanada de humo antes de entrar y los pocos que habían llegado con tiempo, entraban a tomarse un café rápido.

– ¿Qué le ha parecido señora? Si no le gusta, puedo traerle otro.

– No, no se preocupe. Es justo lo que estaba buscando.

Me contestó casi sin mirarme. Volvió a girarse hacia la ventana y se miró el reloj. Como si se hubiera olvidado de algo importante, se agachó al bolso y rebuscó impaciente. Como siempre, sacó su espejito, su pintalabios y un libro.  Dejó el libro al lado de la copa de vino y con el espejo se arregló el pelo, completamente blanco, brillante y ordenadamente desordenado. Se retocó los labios con ese pintalabios que alguna de sus hijas le había regalado hace muchos años  y que no había utilizado hasta que un día se miró al espejo y pensó que no le quedaba tan mal. Y cogió el libro. Lo abrió cuidadosamente por la marca de la esquina y comenzó a leer. Tranquila. Elegante. Silenciosa.

Fue entonces cuando apareció la silueta con sombrero y bastón que todas las tardes se apoyaba  contra el marco de la ventana.  Encendía  el último y único cigarrillo que se fumaría en las próximas dos horas y, disimuladamente, agachaba y giraba la cabeza hacia la ventana, justo hacia donde ella estaba sentada. Entre calada y calada, la miraba. La observaba. Con una mezcla de disimulo, deseo y miedo.

Ella no se movía. De repente, recuperaba toda la tranquilidad que antes no lograba encontrar. Pasaba las páginas como si estuviera tocando el libro más frágil del mundo. Y de vez en cuando, lentamente, se acercaba la copa a los labios y  saboreaba el mejor vino de la casa.

Era la hora. La obra comenzaría en 30 minutos. La silueta apagó la colilla, girándose mientras la pisaba con sus zapatos brillantes. Le echaba a la mujer de los labios recién pintados una última mirada a través del cristal, como si fuera su forma de despedirse. Y seguidamente, se acercaba a su mujer  que esperaba a su lado pacientemente y le daba un beso en la mejilla mientras ella le deseaba mucha mierda para esa noche. Después, desparecía por una de las puertas del teatro.

Al otro lado del cristal, ella levantaba la vista del libro y le veía marcharse. Ya había terminado su vino. Cerró el libro, volvió a marcar la esquina de la página y lo guardó en el bolso.

– ¿Me puedes traer la cuenta cuando puedas?

– Por supuesto. Lo de siempre, señora.

–  Muchas gracias

– A usted. Vuelva pronto.

– No lo dude.

Mientras ella salía con los labios más rojos de toda la cafetería, su marido llegaba a la puerta. Con su jersey de lana marrón y sus gafas pasadas de moda. Le daba un beso en la mejilla y le preguntaba qué tal la tarde. Y de la mano, se marchaban juntos a casa. Otro día más.

Estallido

Quería salir a la calle y gritar. Gritar y quedarse sin voz. Gritar hasta que llegara la policía y la detuviera por desorden público. Gritar que no podía más.  Que este circo se les había ido de las manos. Que esto no era lo que le habían prometido frase tras frase. Producto tras producto. Inversión tras inversión. Quería gritar. Quería huir. Lejos. Tan lejos que no pudiera escuchar la agonía del paraíso prometido. Lejos, hasta llegar al lugar desde el que todas las noches le hablaba esa voz que le tentaba a dar el salto mortal. Quería quedarse afónica y gritar que ya no aguantaba más. Que el gran sueño se había hipotecado y lo estaban destrozando a base de groseras excusas. Que sí, que se estaban dando cuenta. Que los que se daban cuenta estaban locos. Que ella se había vuelto loca. Gritar que quería que estallara el mundo. Que sería una buena lección para todos ellos. Que quería esperar el estallido lejos. En alguna terraza de alguna ciudad de algún lugar del otro lado del mundo. Que esperaría mirando al cielo. Esperando que alguien encienda la cerilla y acabe con todo. Que mientras, escucharía esa voz tentadora susurrándole al oído que éste es el fin. Que no se perdiera detalle. Que ahora comenzaría todo otra vez. Que mirara al cielo y se perdiera en él. Y que luego cerrara los ojos. A su lado. Y esperara el estallido.