31 días en Chile

Un mes. Recuerdo lo gris que me pareció la ciudad la mañana que en transfer me llevó hasta el centro de la ciudad. Y lo rojo que me pareció el primer anochecer. Tan rojos como los de Madrid, o casi. Recuerdo mi primer paseo con jet lag, buscando el Palacio de la Moneda, que resultó estar tapado al público. Y buscar una cafetería “sin piernas” pero con  wifi para avisar de que había llegado bien. Recuerdo ese frío seco y extraño que no te deja ni ponerte la chaqueta, ni quitártela.

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Chile. Donde a los titulares de los periódicos les faltan verbos. Donde los estudiantes hacen huelgas que duran meses. Donde Allende sigue tan vivo como Pinochet. Donde dos mujeres se juegan la presidencia del país. Donde las campañas se hacen en las salidas de metro con jóvenes disfrazados de candidatos.

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Valparaíso. Y sus casas de colores. Y sus cerros y sus funiculares. Y sus lobos de mar y su puerto. Y su Neruda y su Sebastiana. Y su inspiración y su “qué disparate qué disparate eres, qué loco, puerto loco, qué cabeza, con cerros, desgreñada, no acabas de peinarte…”. Y sus chorrillanas originales y sus cervezas porteñas. Y sus cuecas y su mercado. 

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Santiago. Donde la referencia siempre es la cordillera. Donde amanece siempre más tarde. Donde los perros no tienen casa. Donde los hospitales son de lujo, o de pobres. Donde impresiona coger el metro en hora punta. Donde los terremotos no conllevan desastres. Donde hay librerías en cada esquina.  Donde la comida basura es comida chatarra y las resacas son cañas.

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31 días. Y sigo sin entender lo que me dicen cuando hablan rápido. Y siguen sin poder repetir mi nombre a la primera cuando hablo rápido. Y sigo sin entender la cantidad de publicidad electoral que hay en las calles. Y siguen sin saber imitar mi acento poniendo las “zetas” en donde deben ponerlas, y no en todas las “eses”. Y sigo sin entender por qué no existe el piso 0.

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Sólo diez días

Cuando decidí leer El Perfume dos años más tarde y comencé a introducirme en las descripciones de las calles de Grasse, pensé que Patrick Süskind había dejado a Jean-Baptiste sin oler el comino, el sésamo, el azafrán, la cúrcuma, el curry o la canela que invadían las callejuelas de aquella parte de la ciudad gris y antigua por la que yo había paseado años antes.

Nadie nos había avisado hasta unos días antes. Ellos son franceses. Sus padres no. Después del viaje más largo de autobús que nunca antes habíamos hecho, de dolores de espalda y de noches en vela para que no te pintaran la cara con permanente, llegamos por fin. Una ciudad gris y oscura. Quizás era la estación del año, o donde nos dejó el autobús, pero ese color inundaba cada una de las esquinas de aquella ciudad.

Esta es vuestra familia, nos dijeron a Alberto y a mí con apenas 15 años. Nos miramos nerviosos. Allí estaban. Los tres esperándonos con una sonrisa de oreja a oreja. Los tres con unos rasgos innegables. Los tres mirándonos con la misma cara de asombro que nosotros a ellos. El padre y los dos hermanos. Ese era el intercambio. Aprender francés en diez días. Pensé. Sólo diez días.

Nos vemos el lunes, nos dijo el profesor. Mañana domingo aprovechad para disfrutar y conocer a vuestra nueva familia. Alberto y yo nos volvimos a mirar. Sonreímos y comenzamos a andar tras ellos.

Las callejuelas cada vez eran más estrechas. Casi no quedaba luz. Y el barrio había pasado de ser el centro histórico, al suburbio más prototípico de cualquier película francesa de la actualidad. Ahí es. Nos dijeron. El edificio era antiquísimo. No tenía ascensor y las escaleras tenían distintas alturas.

Cuando la puerta se abrió, el olor nos dio de golpe. Comino, sésamo, azafrán, cúrcuma, curry y canela. Todo junto. Y revuelto. Hacían del ambiente un lugar recargado. Cálido pero recargado. La madre apareció. Un pañuelo cubría su cabeza. Me abrazó. A Alberto simplemente le dio la mano. Bienvenidos. Nos dijo mientras nos presentaba a los otros 3 hermanos con los que también conviviríamos.

Esta será tu habitación, me dijo mientras me dirigían a una pequeña alcoba que parecía más un pasillo, con dos camas minúsculas con 5 mantas cada una. Presidiendo la habitación, un cuadro de la Meca y dos banderas de Argelia. Mi marido fue hace unos años. Me dijo mientras el padre le indicaba a Alberto donde dormiría él, ignorando dónde me quedaría yo.

Aquí está el aseo. Y aquí el wáter. Me dijo mientras me mostraba un habitáculo oscuro con paredes de cemento. Nosotros dormimos en el salón. Cualquier cosa, nos avisáis. El olor era fuerte. Las mantas pesaban sobre el cuerpo. Mañana iremos a un mercado. Seguro que os gusta.

Era temprano. Nos duchamos y nos subimos al coche. Un coche antiguo y grande, granate. Del espejo retrovisor colgaba una escritura en árabe. Aquí es. Nos dijeron. Si seguimos dos kilómetros más, llegamos a Italia.

Bajamos del coche. El mercadillo era de segunda mano. Estaba lleno de gente, que como ellos, tenían unos rasgos innegables. El padre saludaba en cada esquina a algún señor. Nosotros mirábamos los puestos, llenos de cachivaches de segunda mano. El olor seguía siendo el mismo. Fuerte. Todo junto. Revuelto. Parecía que no habíamos viajado a la Francia de los perfumes para la que tanto nos habían preparado una semana antes de comenzar el viaje.

Recorrimos todas las callejuelas del mercadillo. Alberto y yo no nos separábamos. No podíamos separarnos. No hablábamos. Caminábamos y sonreíamos.

Llegamos a la hora de comer. La madre ya había puesto la mesa. Tres veces. No cabíamos todos en la cocina y comíamos en varias fases. A nosotros nos tocaba con nuestros anfitriones y con el hijo pequeño que nos miraba fascinados y que no se separaba de Alberto. Cous Cous. Me dijo la madre. Hay dos, el picante y el no picante para vosotros.

¿Conocéis El Corte Inglés? Nos preguntó cuando comenzamos a comer con miedo a habernos equivocado de fuente. Siempre he querido ir a El Corte Inglés. Nos dijo. Cuando pudimos ahorrar para que mi hijo mayor fuera a España, me trajo un regalo de allí.  Ahora ellos pueden ir también a El Corte Inglés. Nos dijo mirando a sus hijos.

Necesito internet, dijo Alberto. Tengo que mandar un email. Aquí no hay pero conozco a una amiga que puede dejarnos media hora. La tarde seguía gris. Quizás era la estación del año o el tono de los edificios. Llegamos a un bajo. Después de atravesar varios pasillos de casas que se habían mantenido intactas desde su construcción un siglo atrás, llegamos a una sala. Aquí es. Nos dijeron. Alberto, no le des la mano.

Nos abrió la puerta ella misma. Cubierta de negro. Tan solo se le veía el rostro. Joven. Más joven que nosotros. Le di la mano, pero Alberto se mantuvo detrás. No le miró. Simplemente le indicó dónde estaba el ordenador. Al fondo de la sala. Una sala enorme. Intenté hablar con ella. Aunque apenas hablaba francés. Nos mirábamos asombradas. La una de la otra. Durante mucho rato. Me sonreía y le sonreía. Y nos despedimos. Alberto repitió 5 veces lo agradecido que estaba. Sólo obtuvo una pequeña sonrisa sin apenas una mirada.

Diez días. Volví a pensar. Sólo diez días. Esa mañana hicimos la maleta. El padre seguía sin hablarme. El hijo pequeño seguía pegado a Alberto. La madre seguía con su pañuelo en la cabeza. Y los dulces que nos había preparado para llevar a casa, en una bolsa de El Corte Inglés preparada en la puerta. La madre me abrazó. EL padre me dio la mano. A la salida, Grasse siguió gris. El Grasse del siglo XXI. El Grasse de Jean-Baptiste que conocería más tarde y que nunca asociaría al mismo lugar. El Grasse que olía a comino, sésamo, azafrán, cúrcuma, curry y canela. Todo junto. Y revuelto.

 

 

 

 

Cerca

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Aturdida separó las 3 mantas y a tientas buscó la linterna por el suelo. No quería despertar a nadie. Con todo el dolor del mundo, sacó una pierna de la cama y la posó sobre las botas desabrochadas y llenas de polvo que estaban a su lado. Hacía mucho frío así que no tardó en meter el pie en la bota sin ni siquiera abrochárselas. Hizo lo mismo con la segunda pierna mientras buscaba por encima de las mantas su abrigo. Sabía que lo había dejado allí pero no recordaba exactamente dónde. Quizás se había caído al suelo en algún movimiento extraño aunque estaba completamente segura de que si había aguantado tanto para decidirse a salir de la cama, no se habría movido ni un solo milímetro debajo de las mantas en toda la noche. Ahí estaba, en la esquina. Pegado a la pared. Se lo puso y se levantó a ciegas. Con todo el cuidado del mundo se acercó hasta la puerta. La abrió con delicadeza para que no chirriara, se agachó para atravesarla y salió a la oscuridad. Fue entonces cuando recordó dónde estaba. En la isla más alta, en medio del lago más alto, en medio de aquel continente extraño. El frío seco le cortó la cara. Se apoyó en la barandilla y miró a través del patio. La isla entera estaba durmiendo. No se oía ni un solo ruido. No veía ni una sola luz. Todo era oscuridad y silencio. Bajó las escaleras con cuidado de no tropezarse y entró al baño. Aquel baño cuya cisterna era un barreño lleno de agua y que habían construido sólo para los invitados que llegaban  de cualquier parte del mundo una vez cada tres meses. Se bajó los pantalones. Cuando terminó. Volcó el agua sobre el inodoro y volvió a subir las escaleras. Esta vez con más cuidado. Sólo pensaba en volver a meterse bajo las tres mantas y que su nariz y sus manos volvieran a entrar en calor. Cuando llegó al último escalón se dio cuenta que había olvidado encender la linterna para subir y que no se había caído. Una luz tenue alumbraba el suelo como con vergüenza. Pero no sabía de dónde salía. Miró hacia todas las ventanas y ninguna luz salía de ellas. Venía de arriba. Del cielo. Miró. Era esa la luz. La luz de millones de estrellas  pegadas unas al lado de otras. Millones y millones de pequeñas luces brillantes que alumbraban la oscuridad de la isla más alta, en medio del lago más alto, en medio de aquel continente extraño. Se olvidó de encender la linterna. Se olvidó de que llevaba las botas desabrochadas. Se olvidó del frío y de las tres mantas. Se olvidó de no haberse movido ni un milímetro en la cama.  Se olvidó del dolor de nariz y de manos. Se olvidó de que nunca más volvería a ver un cielo así. Se olvidó de que aquellas personas vivían tan cerca de las estrellas. Se olvidó de que nunca más volvería a olvidar que una vez estuvo tan cerca del infinito.

Vídeo

El arte en la guerra

Tras décadas de conflicto, da gusto encontrar que todavía hay quien busca lo positivo del país en eterno conflicto: Creative despite War.

Para más info y alguna ayudita que otra: Aquí

Nada que celebrar


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Seteve McCurry

Afganistán, 2011. Tahima J. (18 años) se escapó de su casa donde su familia la maltrataba y donde la habían comprometido sin su consentimiento con un desconocido. Durante su huida en busca del chico que realmente le gustaba, dos hombres la retuvieron y la llevaron a una casa abandonada donde la violaron. Tahima J. fue llevada a la policía donde se le acusó de ‘ huida’ (ni si quiera está considerado delito en el Código Penal Afgano) y de ‘adulterio’ por haber mantenido relaciones sexuales con el chico que le gustaba, supuestamente, y con los dos hombres que la violaron, sin estar casada con ellos. Tahima fue sentenciada a cinco años en la cárcel porque según el tribunal que la juzgó “una mujer que sale sola, especialmente por la noche, tiene consecuencias peligrosas” y porque “ella se había ido con estos hombres por su cuenta y no había gritado ni dicho nada”.     (Human Right Watch)

España, 2012: El día que fui a proponer una investigación sobre los derechos de las mujeres en Afganistán lo primero que me dijeron es que quizás desde la intervención de la OTAN en 2001, “los derechos de las mujeres en Afganistán habían mejorado mucho” porque en Kabul, “pocas mujeres van ya con burka”.

Hoy no

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No, hoy no puedo escribir. Hoy estoy triste. Y nerviosa. No creo que salga nada bueno de lo que hoy me ronda por el estómago. No, mejor hoy no. Lo dejo para otro día que haga más sol. Uno de esos en los que ves a la gente pasear por las calles con los abrigos colgados en el brazo. De los que apetece más pasear que ir al cine. Pero hoy no. Que hoy no tengo fuerzas. Quizás el día que me levante por la luz y no por el despertador. El día que en la radio hablen de libros para leer en un banco de un parque y no de muertes por congelación. Otro día. Cuando los niños estén jugando sin chubasquero y no me dejen dormir por la mañana. O el día que recuerde alguna de nuestras conversaciones profundas sobre el infinito y las mareas a la orilla de la playa y bajo una sombrilla. Pero hoy no. Hoy estoy triste. Y nerviosa. Mejor otro día. Cuando el sol deje de ser un requisito.

El día que empecé a hacer listas

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Mi madre es de las que lo anota todo. Mi casa siempre ha estado llena de cuadernos tachados y listas sobre cada una de las mesas de cada habitación. Supongo que todo se pega y un buen día, me descubrí haciendo lo mismo que ella. Listas  interminables de futuros cercanos que hacían que mi mente pudiera descansar un poco de su naturaleza caótica. Quizás fue la necesidad de orden mental o quizás fue el placer de tachar lo que ya has hecho y pasar de página. Quizás simplemente el gusto de que con el paso del tiempo pudieras encontrar tachones de algo que alguna vez pensaste que no podías olvidar. Lo único que sé es que a partir de ese día comencé a dormir mejor y a llevar un cuaderno siempre en el bolso. Sé que muchos pensaban que era por ser periodista, pero siento decepcionarles. Los llevo para apuntar que tengo que poner la lavadora al llegar a casa, que tengo que leer los documentos que me descargué ayer, que tengo que llamar a alguien o que tengo que comprar los ingredientes para preparar un bizcocho.

Cuando mi madre estudiaba, mi casa parecía estar empapelada de cosas por hacer. Y la necesidad de hacer listas se multiplicaba durante la época de exámenes. Supongo que todo se pega y ahora, mientras estudio, mis listas se hacen más largas y menos prácticas. Las ganas de salir del encierro aumentan y las listas se llenan de lugares donde poder leer libros, donde poder andar hasta perder las piernas o donde permitir a los ojos que descansen de las gafas ante la inmensidad.

Desde hace unos años, en mi mesilla, siempre hay una lista de lugares que me gustaría visitar con demasiados países por tachar. Creo que mi madre tiene una lista igual en su mesilla de noche y siempre la abre cuando se acercan las vacaciones. La suya está un poco más tachada. Pero, supongo que todo se pega.