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La bohemia y Buenos Aires

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Las palabras se alargan y arrastran. Llevan tildes donde la gramática no lo permite. Ella pasea por calles con adoquines irregulares mientras mira a su alrededor, exhausta de tanto observar cada detalle. Le cuesta andar sin tropezarse.

Está entrando a San Telmo, donde las casonas que la rodean imponen con su decadencia desmedida. La hierba hace tiempo que han empezado a trepar por las fachadas, esas que dejaron de tener color para pasar a ser piedra envejecida. Las ramas entran y salen de las grietas, y de fondo, ese ritmo. Ese que tantas veces había oído y relacionado con aquella lejana ciudad que ahora se había convertido en la más cercana. Esa que emana una sensación a una Europa que ya no existe.

Tango. Una pareja hace las delicias visuales para los objetivos de los turistas, que fotografían ese trenzado de piernas imposible. La bohemia se pierde en las esquinas. Difícilmente esquiva las miradas de aquellos que aún hoy la buscan como atracción turística.

Ella camina. Sigue escuchando ese ritmo junto con ese acento seductor de vocales arrastradas y piruetas literarias que llena sus oídos. Entra en esa librería, buscando, como todos, la bohemia olvidada en un rincón. Parece encontrarla, pero se vuelve a perder entre el polvo. Estornuda pidiendo perdón.

Gardel. Suena de fondo. La bohemia. Ella sigue buscando. Y volverá a buscarla.

Un año y Chile

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Un año y 100 de Parra
Un año y entiendo todos los modismos
Un año y sigo con mi acento
Un año y reconozco las canciones de Violeta Parra
Un año y ya no me pierdo
Un año y sitúo Antonio Varas
Un año y puedo hablar de O´Higgins
Un año y muchos llantos
Un año y más risas
Un año y reconozco las canciones de Víctor Jara
Un año y he bailado cumbia
Un año y muchos insultos a Inés de Suárez
Un año y La Moneda sin obras
Un año y Plaza de Armas con obras
Un año y cimas
Un año y teatro
Un año y Lope de Vega
Un año y guitarras
Un año y VF
Un año y muchas noticias
Un año y cambio de gobierno
Un año y demasiadas carreras
Un año y reforma tributaria
Un año y Ministerio de Hacienda
Un año y Padres, hoy he cubierto a Bachelet
Un año y Padres, hoy me ha tocado Lula da Silva
Un año y Pacífico
Un año y Neruda
Un año y 3 Valparaísos distintos
Un año y Desierto de Atacama
Un año y Navidad sin familia
Un año y visitas muy deseadas
Un año y militares
Un año y supervivencia
Un año y comidas en el “mall” de desahogo
Un año y Skype
Un año y cleta
Un año y muchos planes
Un año y muchas decisiones
Un año y Chile.

Todo el mundo viaja

 

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Todo el mundo viaja.

Algunos para conocer.
Otros para hacerse fotos.
Algunos para mancharse de barro.
Otros para no moverse.
Algunos para cansarse más.
Otros para ver el mar por primera vez.
Algunos para regresar.
Otros para estrenar la GoPro.
Algunos para molestar.
Otros para llegar.
Algunos para tachar una ciudad más.
Otros por obligación.
Algunos por desesperación.
Otros para seguir.
Algunos para parar.

Todo el mundo viaja.

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Para bien o para mal

Hacía tiempo que no escribía lo lejos que se sentía de todo. Para bien y para mal. Cuando le preguntaban qué hacía aquí a veces se inventaba que había huido de una historia demasiado larga para contarla. Otras veces simplemente decía que necesitaba nuevos aires.  Pero la mayoría de las veces le echaba la culpa a las cifras del paro.  Daba menos para preguntar. Normalmente con un “claro” condescendiente se cerraba una conversación que podría llegar a ser interminable.  Lo único cierto es que  aquí estaba. Fuera por lo que fuera. Y lejos de todo. Para bien. Pero a veces, también para mal.

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Foto: A Santiago no le hacen falta murallas

 

Propaganda

Hoy me apetece un poco de propaganda marxista. Sí. Justo hoy. A casi 7 meses de haberme marchado de mi país en busca de algún empleo que me permitiera, al menos , no tener que pedirle dinero a mis padres. A  dos días de firmar el primer contrato de mi vida. “Almudena Rascón, en adelante el “trabajador’”.  A 10.696,15 kilómetros de mi casa.

Hoy me apetece un poco de propaganda antisistema. Sí, por cambiar de sistema. Por tener que amoldarnos a los derechos laborales del país que nos acoge. Que no, no siempre son iguales que los del país que venimos.  Por tener que dar explicaciones de por qué allí nos los estáis quitando.

Hoy me apetece un poco de propaganda política. Sí, porque ellos se llenan la boca con cifras de empleo. Porque los números no duelen tanto  como tener  que salir todos los días a patear calles con una carpeta en mano a dar explicaciones. Por tener que volver a casa con las manos vacías.

Hoy me apetece un poco de propaganda utópica. Sí, porque deberíamos negarnos todos. Porque los becarios no son trabajadores baratos, o gratuitos. Porque no tienes que aceptar cualquier condición para salir de la maldita lista del paro. Porque la esclavitud está penada. O eso dicen.

Hoy me apetece un poco de  propaganda barata. Porque sí. Por todos ellos. Porque algunos están mucho peor. Porque no sabemos lo que tenemos hasta que lo perdemos. Porque no  deberíamos seguir aguantando que nos quiten lo que tanto ha costado poner. Porque si Marx, Lenin,  Allende, Guevara… levantaran la cabeza, no querrían ver lo que queda.

Hoy me apetece un poco de propaganda. O no. Llámadlo como queráis. Pero hoy es nuestro día. De los que madrugamos. De los que sufrimos dolores de espalda. De los que tenemos callos en las manos. De los que vivimos con ojeras constantes. De los que evitamos vivir para trabajar.  No el vuestro.  Llamadlo como queráis, pero hoy me apetece un poco de propaganda.

Fuera, muy fuera

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Siempre me ha fascinado cómo los acontecimientos, vistos desde fuera, cobran una nueva perspectiva que te hace entender el todo muy distinto a como lo veías cuando estabas dentro. Y yo estoy fuera, muy fuera.

Ha pasado un tiempo, cuatro meses. El tiempo necesario para para desconectar pero lo suficiente para saber que la situación no ha mejorado mucho.

Si tan sólo fuera por las noticias que llegan de los medios chilenos, se podría decir que en España todo está genial. Estamos remontando económicamente, Rajoy visita Obama y a Alexis lo quieren fichar en el Real Madrid. (Sí, Alexis es la primera noticia que llega de España). Como mucho construimos un puente al revés y nos convertimos en el chascarrillo del mes en Chile.

Pero soy periodista. No lo puedo evitar. Todas las mañanas cuando llego al trabajo, abro el correo, reviso los periódicos chilenos y las noticias más relevantes, y acto seguido abro el periódico español. Sí, el que abrimos todos por mucho que odiemos y pensemos que ya no es lo que era. Leo una a una las secciones que me interesan, no voy a mentir, no entro en la sección de deportes. Y abro cada una de las noticias en una pestaña diferente. Para leerlo con detenimiento, tranquila. Tranquila ahora, que estamos en febrero (agosto) y la noticia más importante aquí es cuándo van a dar de alta a las hijas gemelas, Libertad y Esperanza, de la ministra de Justicia chilena (no es broma, ni siquiera los nombres).

Y es entonces cuando empieza la mañana. No voy a enumerar los derechos que hemos perdido en estos cuatro meses. No hace falta. Sólo diré que estoy fuera, muy fuera. Y duele. Entran ganas de gritar tu historia sabiendo que no es la única, ni la peor. Que me gustaría verlos a ellos aquí, haciendo cola en extranjería para un visado, que por suerte, aún está fácil de conseguir. Que no estoy de vacaciones, que no llego a fin de mes, ni he ido aún al San Pedro de Atacama porque aquí se trabajan 45 horas semanales y los viernes salgo tan tarde que no me queda ni fin de semana, ni fuerzas para viajar, que no sé cuándo podré ahorrar para comprarme un billete de avión de 28 horas con 3 escalas y volver de visita. Y que encima tengo suerte, mucha más que muchos, y por tanto debo quejarme un número limitado de veces.

Pero los gritos se convierten en odio cuando entras en Twitter. Ahí cambia definitivamente. Antes de comer, un vistacillo. Y las comidas rápidas de menú del día se convierten en tertulias de expatriados con exabruptos varios donde la conclusión sigue siendo la misma, pero la impotencia aumenta. Estamos fuera. Quéjate con límites.

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Y aún así, por si fuera poco, queda una cuarta fase. Esa en la que llamas a casa por Skype, se oye El Intermedio de fondo y te cuentan qué Gamonal toca esta semana. Esa en la que todos te dicen que no se te ocurra volver. En la que te cuentan que no te fíes. Que aquello está peor. Que cuando creías que ya se habían acabado los insultos que echar a la cara a los ciudadanos, aparece el ministro de Interior diciéndonos que Santa Teresa intercede por nosotros, o un grupo de mujeres aplaude a un ministro misógino que acaba de aprobar la ley más retrógrada e irrespetuosa de la legislatura. Pero que no te olvides de que tienes suerte. Que estás fuera, muy fuera.

Sólo diez días

Cuando decidí leer El Perfume dos años más tarde y comencé a introducirme en las descripciones de las calles de Grasse, pensé que Patrick Süskind había dejado a Jean-Baptiste sin oler el comino, el sésamo, el azafrán, la cúrcuma, el curry o la canela que invadían las callejuelas de aquella parte de la ciudad gris y antigua por la que yo había paseado años antes.

Nadie nos había avisado hasta unos días antes. Ellos son franceses. Sus padres no. Después del viaje más largo de autobús que nunca antes habíamos hecho, de dolores de espalda y de noches en vela para que no te pintaran la cara con permanente, llegamos por fin. Una ciudad gris y oscura. Quizás era la estación del año, o donde nos dejó el autobús, pero ese color inundaba cada una de las esquinas de aquella ciudad.

Esta es vuestra familia, nos dijeron a Alberto y a mí con apenas 15 años. Nos miramos nerviosos. Allí estaban. Los tres esperándonos con una sonrisa de oreja a oreja. Los tres con unos rasgos innegables. Los tres mirándonos con la misma cara de asombro que nosotros a ellos. El padre y los dos hermanos. Ese era el intercambio. Aprender francés en diez días. Pensé. Sólo diez días.

Nos vemos el lunes, nos dijo el profesor. Mañana domingo aprovechad para disfrutar y conocer a vuestra nueva familia. Alberto y yo nos volvimos a mirar. Sonreímos y comenzamos a andar tras ellos.

Las callejuelas cada vez eran más estrechas. Casi no quedaba luz. Y el barrio había pasado de ser el centro histórico, al suburbio más prototípico de cualquier película francesa de la actualidad. Ahí es. Nos dijeron. El edificio era antiquísimo. No tenía ascensor y las escaleras tenían distintas alturas.

Cuando la puerta se abrió, el olor nos dio de golpe. Comino, sésamo, azafrán, cúrcuma, curry y canela. Todo junto. Y revuelto. Hacían del ambiente un lugar recargado. Cálido pero recargado. La madre apareció. Un pañuelo cubría su cabeza. Me abrazó. A Alberto simplemente le dio la mano. Bienvenidos. Nos dijo mientras nos presentaba a los otros 3 hermanos con los que también conviviríamos.

Esta será tu habitación, me dijo mientras me dirigían a una pequeña alcoba que parecía más un pasillo, con dos camas minúsculas con 5 mantas cada una. Presidiendo la habitación, un cuadro de la Meca y dos banderas de Argelia. Mi marido fue hace unos años. Me dijo mientras el padre le indicaba a Alberto donde dormiría él, ignorando dónde me quedaría yo.

Aquí está el aseo. Y aquí el wáter. Me dijo mientras me mostraba un habitáculo oscuro con paredes de cemento. Nosotros dormimos en el salón. Cualquier cosa, nos avisáis. El olor era fuerte. Las mantas pesaban sobre el cuerpo. Mañana iremos a un mercado. Seguro que os gusta.

Era temprano. Nos duchamos y nos subimos al coche. Un coche antiguo y grande, granate. Del espejo retrovisor colgaba una escritura en árabe. Aquí es. Nos dijeron. Si seguimos dos kilómetros más, llegamos a Italia.

Bajamos del coche. El mercadillo era de segunda mano. Estaba lleno de gente, que como ellos, tenían unos rasgos innegables. El padre saludaba en cada esquina a algún señor. Nosotros mirábamos los puestos, llenos de cachivaches de segunda mano. El olor seguía siendo el mismo. Fuerte. Todo junto. Revuelto. Parecía que no habíamos viajado a la Francia de los perfumes para la que tanto nos habían preparado una semana antes de comenzar el viaje.

Recorrimos todas las callejuelas del mercadillo. Alberto y yo no nos separábamos. No podíamos separarnos. No hablábamos. Caminábamos y sonreíamos.

Llegamos a la hora de comer. La madre ya había puesto la mesa. Tres veces. No cabíamos todos en la cocina y comíamos en varias fases. A nosotros nos tocaba con nuestros anfitriones y con el hijo pequeño que nos miraba fascinados y que no se separaba de Alberto. Cous Cous. Me dijo la madre. Hay dos, el picante y el no picante para vosotros.

¿Conocéis El Corte Inglés? Nos preguntó cuando comenzamos a comer con miedo a habernos equivocado de fuente. Siempre he querido ir a El Corte Inglés. Nos dijo. Cuando pudimos ahorrar para que mi hijo mayor fuera a España, me trajo un regalo de allí.  Ahora ellos pueden ir también a El Corte Inglés. Nos dijo mirando a sus hijos.

Necesito internet, dijo Alberto. Tengo que mandar un email. Aquí no hay pero conozco a una amiga que puede dejarnos media hora. La tarde seguía gris. Quizás era la estación del año o el tono de los edificios. Llegamos a un bajo. Después de atravesar varios pasillos de casas que se habían mantenido intactas desde su construcción un siglo atrás, llegamos a una sala. Aquí es. Nos dijeron. Alberto, no le des la mano.

Nos abrió la puerta ella misma. Cubierta de negro. Tan solo se le veía el rostro. Joven. Más joven que nosotros. Le di la mano, pero Alberto se mantuvo detrás. No le miró. Simplemente le indicó dónde estaba el ordenador. Al fondo de la sala. Una sala enorme. Intenté hablar con ella. Aunque apenas hablaba francés. Nos mirábamos asombradas. La una de la otra. Durante mucho rato. Me sonreía y le sonreía. Y nos despedimos. Alberto repitió 5 veces lo agradecido que estaba. Sólo obtuvo una pequeña sonrisa sin apenas una mirada.

Diez días. Volví a pensar. Sólo diez días. Esa mañana hicimos la maleta. El padre seguía sin hablarme. El hijo pequeño seguía pegado a Alberto. La madre seguía con su pañuelo en la cabeza. Y los dulces que nos había preparado para llevar a casa, en una bolsa de El Corte Inglés preparada en la puerta. La madre me abrazó. EL padre me dio la mano. A la salida, Grasse siguió gris. El Grasse del siglo XXI. El Grasse de Jean-Baptiste que conocería más tarde y que nunca asociaría al mismo lugar. El Grasse que olía a comino, sésamo, azafrán, cúrcuma, curry y canela. Todo junto. Y revuelto.