Archivo de la categoría: Letras

Relatos, cuentos, ensayos, divagaciones…

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Aturdida separó las 3 mantas y a tientas buscó la linterna por el suelo. No quería despertar a nadie. Con todo el dolor del mundo, sacó una pierna de la cama y la posó sobre las botas desabrochadas y llenas de polvo que estaban a su lado. Hacía mucho frío así que no tardó en meter el pie en la bota sin ni siquiera abrochárselas. Hizo lo mismo con la segunda pierna mientras buscaba por encima de las mantas su abrigo. Sabía que lo había dejado allí pero no recordaba exactamente dónde. Quizás se había caído al suelo en algún movimiento extraño aunque estaba completamente segura de que si había aguantado tanto para decidirse a salir de la cama, no se habría movido ni un solo milímetro debajo de las mantas en toda la noche. Ahí estaba, en la esquina. Pegado a la pared. Se lo puso y se levantó a ciegas. Con todo el cuidado del mundo se acercó hasta la puerta. La abrió con delicadeza para que no chirriara, se agachó para atravesarla y salió a la oscuridad. Fue entonces cuando recordó dónde estaba. En la isla más alta, en medio del lago más alto, en medio de aquel continente extraño. El frío seco le cortó la cara. Se apoyó en la barandilla y miró a través del patio. La isla entera estaba durmiendo. No se oía ni un solo ruido. No veía ni una sola luz. Todo era oscuridad y silencio. Bajó las escaleras con cuidado de no tropezarse y entró al baño. Aquel baño cuya cisterna era un barreño lleno de agua y que habían construido sólo para los invitados que llegaban  de cualquier parte del mundo una vez cada tres meses. Se bajó los pantalones. Cuando terminó. Volcó el agua sobre el inodoro y volvió a subir las escaleras. Esta vez con más cuidado. Sólo pensaba en volver a meterse bajo las tres mantas y que su nariz y sus manos volvieran a entrar en calor. Cuando llegó al último escalón se dio cuenta que había olvidado encender la linterna para subir y que no se había caído. Una luz tenue alumbraba el suelo como con vergüenza. Pero no sabía de dónde salía. Miró hacia todas las ventanas y ninguna luz salía de ellas. Venía de arriba. Del cielo. Miró. Era esa la luz. La luz de millones de estrellas  pegadas unas al lado de otras. Millones y millones de pequeñas luces brillantes que alumbraban la oscuridad de la isla más alta, en medio del lago más alto, en medio de aquel continente extraño. Se olvidó de encender la linterna. Se olvidó de que llevaba las botas desabrochadas. Se olvidó del frío y de las tres mantas. Se olvidó de no haberse movido ni un milímetro en la cama.  Se olvidó del dolor de nariz y de manos. Se olvidó de que nunca más volvería a ver un cielo así. Se olvidó de que aquellas personas vivían tan cerca de las estrellas. Se olvidó de que nunca más volvería a olvidar que una vez estuvo tan cerca del infinito.

Hoy no

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No, hoy no puedo escribir. Hoy estoy triste. Y nerviosa. No creo que salga nada bueno de lo que hoy me ronda por el estómago. No, mejor hoy no. Lo dejo para otro día que haga más sol. Uno de esos en los que ves a la gente pasear por las calles con los abrigos colgados en el brazo. De los que apetece más pasear que ir al cine. Pero hoy no. Que hoy no tengo fuerzas. Quizás el día que me levante por la luz y no por el despertador. El día que en la radio hablen de libros para leer en un banco de un parque y no de muertes por congelación. Otro día. Cuando los niños estén jugando sin chubasquero y no me dejen dormir por la mañana. O el día que recuerde alguna de nuestras conversaciones profundas sobre el infinito y las mareas a la orilla de la playa y bajo una sombrilla. Pero hoy no. Hoy estoy triste. Y nerviosa. Mejor otro día. Cuando el sol deje de ser un requisito.

El día que empecé a hacer listas

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Mi madre es de las que lo anota todo. Mi casa siempre ha estado llena de cuadernos tachados y listas sobre cada una de las mesas de cada habitación. Supongo que todo se pega y un buen día, me descubrí haciendo lo mismo que ella. Listas  interminables de futuros cercanos que hacían que mi mente pudiera descansar un poco de su naturaleza caótica. Quizás fue la necesidad de orden mental o quizás fue el placer de tachar lo que ya has hecho y pasar de página. Quizás simplemente el gusto de que con el paso del tiempo pudieras encontrar tachones de algo que alguna vez pensaste que no podías olvidar. Lo único que sé es que a partir de ese día comencé a dormir mejor y a llevar un cuaderno siempre en el bolso. Sé que muchos pensaban que era por ser periodista, pero siento decepcionarles. Los llevo para apuntar que tengo que poner la lavadora al llegar a casa, que tengo que leer los documentos que me descargué ayer, que tengo que llamar a alguien o que tengo que comprar los ingredientes para preparar un bizcocho.

Cuando mi madre estudiaba, mi casa parecía estar empapelada de cosas por hacer. Y la necesidad de hacer listas se multiplicaba durante la época de exámenes. Supongo que todo se pega y ahora, mientras estudio, mis listas se hacen más largas y menos prácticas. Las ganas de salir del encierro aumentan y las listas se llenan de lugares donde poder leer libros, donde poder andar hasta perder las piernas o donde permitir a los ojos que descansen de las gafas ante la inmensidad.

Desde hace unos años, en mi mesilla, siempre hay una lista de lugares que me gustaría visitar con demasiados países por tachar. Creo que mi madre tiene una lista igual en su mesilla de noche y siempre la abre cuando se acercan las vacaciones. La suya está un poco más tachada. Pero, supongo que todo se pega.

No existe

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John Mark Herskind

No existe. Yo nunca lo he vivido y si no lo he vivido es que no existe. De hecho creo firmemente que todo el mundo se ha confabulado para hacerme creer lo contrario, pero yo soy fiel a mis ideas. No existe. Todos mienten, y lo hacen muy bien, pero que sea una mentira tan generalizada no lo convierte en real. Todas esas historias, todos esos cuentos y películas, todos esos libros que lo nombran, y lo renombran, y lo exprimen hasta la saciedad, todas esas sensaciones que las personas relatan como si fuera un hecho extraordinario que te traslada a otro mundo, todo es un gran complot contra nosotros. Un tema recurrido, es verdad, pero nadie sabe explicar su esencia y mostrarla tal y como es. Algo sobrenatural, dicen algunos. No, simplemente componentes químicos, dicen otros. Rodeos, palabras que intentan metaforizar algo inexistente, impalpable, inodoro e incoloro, simples recurso que rodean y rodean y rodean y rodean.  Da lo mismo, no existe. En mí no ha existido y por tanto todo es una broma macabra que se han inventado. Al principio era graciosa, bueno, más bien atractiva. Lo desconocido tienta y la tentación atrae. Pasó el tiempo y comenzó a ser un tanto pesado, repetitivo e incluso, un poco aburrido. Ahora simplemente duele, hace daño ver como a tu alredor la gente cree en ello fervientemente, lo cree y lo reafirma, existe. Tú eres la ciega, la que no lo ve, la que lo rehúye y lo deja marchar. Pero no existe. No soy yo, es el mundo, todos se equivocan. No existe.

“They call you ecstasy, I can’t hold you down
I can’t hold you up…” Ecstasy – Lou Reed

A veces se acaba el mundo

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A veces se acaba el mundo. Un día cualquiera. Hay ‘preparatistas’. Hay ‘bunkerianos’. Hay sectas que recogen el dinero antes de chapar el negocio. Por si acaso, dicen. Hay twitter. ¿Qué mejor forma de acabar con todo que compartiendo el fin del mundo? Hay hasta cínicos que no se lo creen. Pero a veces se acaba el mundo. Cada 4 ó 5 años. Dependiendo del predicador. Dependiendo del motivo. ¿Apocalipsis con jinetes y todo? ¿Meteorito? ¿Epidemia zombie? ¿Invasión extraterrestre? A veces se acaba el mundo. Y nos pilla ocupados. Comprando regalos de Navidad. Llorando al ver a Fofito anunciar fiambre. En plena protesta por la Sanidad Pública. O mientras te acurrucas en el sofá a leer un libro. Se acaba. Y se lleva a todos los cínicos. Y todas las armas con las que ibas defenderte. Hasta se lleva la cena que dejaste preparada para el martes porque ibas a llegar tarde a casa. Se va la luz. ¿Cómo voy a cargar el móvil ahora? ¿Y la tele? Oh dios mío, no había pensado en ello… ¿Qué voy a hacer sin internet? A veces se acaba el mundo. ¡Vamos a morir todos! Sí, eso no era nuevo. Algunos rezarán, como todas las noches. Otros se arrodillarán por primera vez y buscarán al dios en el que no creían. Otros llorarán y se abrazarán. Otros se irán a dormir, como una noche más. A esperar soñando. Otros aprovechan el tiempo y echarán el último polvo. Por si acaso, dicen. A veces se acaba el mundo. Y te pilla en el baño. Un momento delicado… ¿Y si pasa algo y tienes que ir al hospital? Ve depilada.  Por si acaso, dicen. Por si acaso estalla todo por los aires. ¿Y si todo el mundo grita y te haces daño en el oído? Ve depilada. No lo olvides. Y haz una última lista de reproducción. Mejor que todo explote con una banda sonora potente que en silencio y aburrido. Por si acaso. Que a veces se acaba el mundo.

Lou Reed: Perfect Day

Iggy Pop: Lust for life

Pearl Jam: Do the Evolution

System of A Down: Toxicity

REM: It´s the end of the world

Johnny Cash: Redemption day

Iron Maiden: Dance of death

Buenas noches

– Buenas noches.
– Que descanses.

Cuando hacía frío ella siempre extendía la manta. Esa vieja y con agujeros de cuando todavía él fumaba. Esa que ella quería remplazar siempre y nunca lo hacía. La misma que a él le recordaba al año en el que viajaron por primera vez juntos. Con tan sólo una mochila, la manta y una tienda de campaña.

– ¿Sabes dónde estamos?
– No lo sé. Saca el mapa.
– No.
– ¿Cómo que no?
– No lo saco. Sigue por aquí.
– Pero si no sabemos dónde estamos. Podemos perdernos.
– Mejor entonces.

Ella se dio la vuelta. Miró el techo y le escuchó respirar lentamente. Él fingió relajarse pero hacía tiempo que no lograba coger el sueño como antes. Sabía que ella estaba despierta y que no tardaría en encender la luz de su mesilla para coger el libro y las gafas.

– Espera. ¿Cuánto vale?
– Venga que se nos hace de noche y todavía tenemos que encontrar la playa.
– Ya voy. Un segundo. ¿Y éste?
– Pero si te has traído tres.
– Lo sé… Pero mira, Pedro Páramo.
– Si ya te lo has leído.
– Pero me apetece leérmelo otra vez y no lo tenemos.

Pedro Páramo. Cuántas veces se lo habría leído. Pensaba él mientras hacía malabares para intentar subirse el calcetín derecho sin que ella se diera cuenta. Ella leía. Pasaba las páginas lentamente para no despertarle e intentaba tirar suavemente de la manta para taparse lo más alto posible. Ella leía. Él lo sabía. Una o dos páginas más.

– Mira que flor más rara.
– Sí que es rara. Nunca había visto una así.
– Pues esta zona está llena.
– Debe crecer sólo aquí.
– Voy a guardarme una.
– La olvidarás en algún sitio. ¿Dónde la vas a guardar hasta que lleguemos a casa?
– Entre las páginas del libro y aunque se seque, me acordaré de que está ahí.

Una o dos páginas más. Él lo sabía. Ella suspiraría. Ahí estaba. Ella no se acordaría de que estaba allí. Nunca lo hacía. Pero sí de dónde exactamente la había cogido. Había dejado de leer y miraba la flor. Recordaba despertarse allí. Mirando al mar.

– ¿Ya has vuelto?
– Sí. No te quería despertar.
– No lo has hecho, me he despertado yo solo.
– El agua está buenísima a estas horas. Deberías darte un baño.
– No parecía tan buena por cuánto has tardado en entrar al agua.
– ¿Estabas despierto?
– Siempre lo estoy cuando tú lo estás.

Él la oyó suspirar otra vez. Ella volvió a guardar la flor en la misma página y cerró el libro. Él volvió a cerrar los ojos y a fingir que dormía. Ella apagó la luz y miró al techo. Él intentó subirse el calcetín izquierdo.

– ¿Estás despierto?
– Sí.

Locura

Ashley G and Drew

Había llegado tarde a casa pero le había dado tiempo a darse una ducha antes de sentarse en el sofá. Sacó la libreta y en silencio escribió la palabra. Locura. Sabía que no podría pasar de ahí. Hacía un tiempo que el nudo en el estómago le impedía seguir escribiendo. Locura. Volvió a mirarla antes de levantarse y preparase un té. Locura. Se decía mientras removía la cucharilla y apretaba fuerte la taza para recoger todo el calor con sus manos siempre frías. Locura. Se volvió a levantar y se acercó a la ventana. El viento hacía que las ramas rasgaran el cristal y la luna brillaba más que nunca, como olvidada en aquella esquina del cielo. Locura, se repetía. Y pensaba si sería esa misma locura la que le apretaba fuerte en el estómago y no le dejaba dormir por las noches. Volvió al sofá. Busco la manta y echó un ojo a la temperatura. Empezaba a hacer frío por las noches. Locura. Pensaba mientras esperaba la inspiración que le hiciera olvidar que no quería dejar la locura. Locura. Pensaba mientras el nudo se hacía más fuerte en su estómago y el frío le ponía la nariz roja. Locura. Y se encogía entre la manta esperando encontrar el resultado perfecto para la ecuación más difícil. Locura. Y calculaba las horas que llevaba sin dormir. Locura. Pensaba mientras garabateaba en las esquinas de la libreta. Locura. Pretender que todo fuera fácil. Que la distancia dejara de ser distancia. Y el tiempo dejara de ser tiempo. Locura. Dejarlo todo. Huir. Arriesgar. Locura. Querer. Echar de menos. Recordar. Sonreír. Esperar. Locura. No sufrir. Vivir. Soñar… Locura. La manta ya no servía de mucho. El frío había invadido todo su cuerpo. Locura. Otra noche más el folio seguiría vacío. Locura. Otra noche más, el nudo seguiría en su estómago y no le dejaría dormir. Locura. Se metería en la cama fría y vacía y comenzaría su guerra contra el insomnio. Locura. Pero no dejaría que el insomnio le impidiera soñar que la distancia no existe. Que el tiempo es relativo. Que la locura es indescriptible. Y que no dejaría de intentarlo.