Sólo diez días

Cuando decidí leer El Perfume dos años más tarde y comencé a introducirme en las descripciones de las calles de Grasse, pensé que Patrick Süskind había dejado a Jean-Baptiste sin oler el comino, el sésamo, el azafrán, la cúrcuma, el curry o la canela que invadían las callejuelas de aquella parte de la ciudad gris y antigua por la que yo había paseado años antes.

Nadie nos había avisado hasta unos días antes. Ellos son franceses. Sus padres no. Después del viaje más largo de autobús que nunca antes habíamos hecho, de dolores de espalda y de noches en vela para que no te pintaran la cara con permanente, llegamos por fin. Una ciudad gris y oscura. Quizás era la estación del año, o donde nos dejó el autobús, pero ese color inundaba cada una de las esquinas de aquella ciudad.

Esta es vuestra familia, nos dijeron a Alberto y a mí con apenas 15 años. Nos miramos nerviosos. Allí estaban. Los tres esperándonos con una sonrisa de oreja a oreja. Los tres con unos rasgos innegables. Los tres mirándonos con la misma cara de asombro que nosotros a ellos. El padre y los dos hermanos. Ese era el intercambio. Aprender francés en diez días. Pensé. Sólo diez días.

Nos vemos el lunes, nos dijo el profesor. Mañana domingo aprovechad para disfrutar y conocer a vuestra nueva familia. Alberto y yo nos volvimos a mirar. Sonreímos y comenzamos a andar tras ellos.

Las callejuelas cada vez eran más estrechas. Casi no quedaba luz. Y el barrio había pasado de ser el centro histórico, al suburbio más prototípico de cualquier película francesa de la actualidad. Ahí es. Nos dijeron. El edificio era antiquísimo. No tenía ascensor y las escaleras tenían distintas alturas.

Cuando la puerta se abrió, el olor nos dio de golpe. Comino, sésamo, azafrán, cúrcuma, curry y canela. Todo junto. Y revuelto. Hacían del ambiente un lugar recargado. Cálido pero recargado. La madre apareció. Un pañuelo cubría su cabeza. Me abrazó. A Alberto simplemente le dio la mano. Bienvenidos. Nos dijo mientras nos presentaba a los otros 3 hermanos con los que también conviviríamos.

Esta será tu habitación, me dijo mientras me dirigían a una pequeña alcoba que parecía más un pasillo, con dos camas minúsculas con 5 mantas cada una. Presidiendo la habitación, un cuadro de la Meca y dos banderas de Argelia. Mi marido fue hace unos años. Me dijo mientras el padre le indicaba a Alberto donde dormiría él, ignorando dónde me quedaría yo.

Aquí está el aseo. Y aquí el wáter. Me dijo mientras me mostraba un habitáculo oscuro con paredes de cemento. Nosotros dormimos en el salón. Cualquier cosa, nos avisáis. El olor era fuerte. Las mantas pesaban sobre el cuerpo. Mañana iremos a un mercado. Seguro que os gusta.

Era temprano. Nos duchamos y nos subimos al coche. Un coche antiguo y grande, granate. Del espejo retrovisor colgaba una escritura en árabe. Aquí es. Nos dijeron. Si seguimos dos kilómetros más, llegamos a Italia.

Bajamos del coche. El mercadillo era de segunda mano. Estaba lleno de gente, que como ellos, tenían unos rasgos innegables. El padre saludaba en cada esquina a algún señor. Nosotros mirábamos los puestos, llenos de cachivaches de segunda mano. El olor seguía siendo el mismo. Fuerte. Todo junto. Revuelto. Parecía que no habíamos viajado a la Francia de los perfumes para la que tanto nos habían preparado una semana antes de comenzar el viaje.

Recorrimos todas las callejuelas del mercadillo. Alberto y yo no nos separábamos. No podíamos separarnos. No hablábamos. Caminábamos y sonreíamos.

Llegamos a la hora de comer. La madre ya había puesto la mesa. Tres veces. No cabíamos todos en la cocina y comíamos en varias fases. A nosotros nos tocaba con nuestros anfitriones y con el hijo pequeño que nos miraba fascinados y que no se separaba de Alberto. Cous Cous. Me dijo la madre. Hay dos, el picante y el no picante para vosotros.

¿Conocéis El Corte Inglés? Nos preguntó cuando comenzamos a comer con miedo a habernos equivocado de fuente. Siempre he querido ir a El Corte Inglés. Nos dijo. Cuando pudimos ahorrar para que mi hijo mayor fuera a España, me trajo un regalo de allí.  Ahora ellos pueden ir también a El Corte Inglés. Nos dijo mirando a sus hijos.

Necesito internet, dijo Alberto. Tengo que mandar un email. Aquí no hay pero conozco a una amiga que puede dejarnos media hora. La tarde seguía gris. Quizás era la estación del año o el tono de los edificios. Llegamos a un bajo. Después de atravesar varios pasillos de casas que se habían mantenido intactas desde su construcción un siglo atrás, llegamos a una sala. Aquí es. Nos dijeron. Alberto, no le des la mano.

Nos abrió la puerta ella misma. Cubierta de negro. Tan solo se le veía el rostro. Joven. Más joven que nosotros. Le di la mano, pero Alberto se mantuvo detrás. No le miró. Simplemente le indicó dónde estaba el ordenador. Al fondo de la sala. Una sala enorme. Intenté hablar con ella. Aunque apenas hablaba francés. Nos mirábamos asombradas. La una de la otra. Durante mucho rato. Me sonreía y le sonreía. Y nos despedimos. Alberto repitió 5 veces lo agradecido que estaba. Sólo obtuvo una pequeña sonrisa sin apenas una mirada.

Diez días. Volví a pensar. Sólo diez días. Esa mañana hicimos la maleta. El padre seguía sin hablarme. El hijo pequeño seguía pegado a Alberto. La madre seguía con su pañuelo en la cabeza. Y los dulces que nos había preparado para llevar a casa, en una bolsa de El Corte Inglés preparada en la puerta. La madre me abrazó. EL padre me dio la mano. A la salida, Grasse siguió gris. El Grasse del siglo XXI. El Grasse de Jean-Baptiste que conocería más tarde y que nunca asociaría al mismo lugar. El Grasse que olía a comino, sésamo, azafrán, cúrcuma, curry y canela. Todo junto. Y revuelto.

 

 

 

 

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