Buenas noches

– Buenas noches.
– Que descanses.

Cuando hacía frío ella siempre extendía la manta. Esa vieja y con agujeros de cuando todavía él fumaba. Esa que ella quería remplazar siempre y nunca lo hacía. La misma que a él le recordaba al año en el que viajaron por primera vez juntos. Con tan sólo una mochila, la manta y una tienda de campaña.

– ¿Sabes dónde estamos?
– No lo sé. Saca el mapa.
– No.
– ¿Cómo que no?
– No lo saco. Sigue por aquí.
– Pero si no sabemos dónde estamos. Podemos perdernos.
– Mejor entonces.

Ella se dio la vuelta. Miró el techo y le escuchó respirar lentamente. Él fingió relajarse pero hacía tiempo que no lograba coger el sueño como antes. Sabía que ella estaba despierta y que no tardaría en encender la luz de su mesilla para coger el libro y las gafas.

– Espera. ¿Cuánto vale?
– Venga que se nos hace de noche y todavía tenemos que encontrar la playa.
– Ya voy. Un segundo. ¿Y éste?
– Pero si te has traído tres.
– Lo sé… Pero mira, Pedro Páramo.
– Si ya te lo has leído.
– Pero me apetece leérmelo otra vez y no lo tenemos.

Pedro Páramo. Cuántas veces se lo habría leído. Pensaba él mientras hacía malabares para intentar subirse el calcetín derecho sin que ella se diera cuenta. Ella leía. Pasaba las páginas lentamente para no despertarle e intentaba tirar suavemente de la manta para taparse lo más alto posible. Ella leía. Él lo sabía. Una o dos páginas más.

– Mira que flor más rara.
– Sí que es rara. Nunca había visto una así.
– Pues esta zona está llena.
– Debe crecer sólo aquí.
– Voy a guardarme una.
– La olvidarás en algún sitio. ¿Dónde la vas a guardar hasta que lleguemos a casa?
– Entre las páginas del libro y aunque se seque, me acordaré de que está ahí.

Una o dos páginas más. Él lo sabía. Ella suspiraría. Ahí estaba. Ella no se acordaría de que estaba allí. Nunca lo hacía. Pero sí de dónde exactamente la había cogido. Había dejado de leer y miraba la flor. Recordaba despertarse allí. Mirando al mar.

– ¿Ya has vuelto?
– Sí. No te quería despertar.
– No lo has hecho, me he despertado yo solo.
– El agua está buenísima a estas horas. Deberías darte un baño.
– No parecía tan buena por cuánto has tardado en entrar al agua.
– ¿Estabas despierto?
– Siempre lo estoy cuando tú lo estás.

Él la oyó suspirar otra vez. Ella volvió a guardar la flor en la misma página y cerró el libro. Él volvió a cerrar los ojos y a fingir que dormía. Ella apagó la luz y miró al techo. Él intentó subirse el calcetín izquierdo.

– ¿Estás despierto?
– Sí.

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