El mejor vino que tengas

Otro día más. Sentada en la misma mesa, mirando por la misma ventana. Hoy había entrado tan sigilosamente que no me había dado ni cuenta.

– ¿Qué desea señora?

– Una copa del mejor vino que tengas

– Perfecto. Ahora mismo se lo traigo.

Desde la barra sólo se veía su perfil. Siempre iba lo suficientemente arreglada como para parecer que había estado pensando qué ponerse, pero lo suficientemente informal como para parecer que no lo había hecho a propósito. Nerviosa, retorcía las manos una contra otra mientras miraba por la ventana.

– Aquí está señora. Déjelo reposar un poco para que coja mejor temperatura.

– Gracias.

Volví a la barra. Mientras secaba las tazas, ella seguía ahí, buscando algo detrás del cristal de la ventana. Ya no sólo se retorcían sus manos, también sus dedos unos sobre otros. No paraba de mover uno de los pies arriba y abajo y ni siquiera había probado el vino.

Poco a poco habían ido entrando más personas en la cafetería. El ruido se hacía insoportable, como todos los días a estas horas. Las puertas del Teatro de enfrente cada vez aguantaban más fumadores aprovechando la última bocanada de humo antes de entrar y los pocos que habían llegado con tiempo, entraban a tomarse un café rápido.

– ¿Qué le ha parecido señora? Si no le gusta, puedo traerle otro.

– No, no se preocupe. Es justo lo que estaba buscando.

Me contestó casi sin mirarme. Volvió a girarse hacia la ventana y se miró el reloj. Como si se hubiera olvidado de algo importante, se agachó al bolso y rebuscó impaciente. Como siempre, sacó su espejito, su pintalabios y un libro.  Dejó el libro al lado de la copa de vino y con el espejo se arregló el pelo, completamente blanco, brillante y ordenadamente desordenado. Se retocó los labios con ese pintalabios que alguna de sus hijas le había regalado hace muchos años  y que no había utilizado hasta que un día se miró al espejo y pensó que no le quedaba tan mal. Y cogió el libro. Lo abrió cuidadosamente por la marca de la esquina y comenzó a leer. Tranquila. Elegante. Silenciosa.

Fue entonces cuando apareció la silueta con sombrero y bastón que todas las tardes se apoyaba  contra el marco de la ventana.  Encendía  el último y único cigarrillo que se fumaría en las próximas dos horas y, disimuladamente, agachaba y giraba la cabeza hacia la ventana, justo hacia donde ella estaba sentada. Entre calada y calada, la miraba. La observaba. Con una mezcla de disimulo, deseo y miedo.

Ella no se movía. De repente, recuperaba toda la tranquilidad que antes no lograba encontrar. Pasaba las páginas como si estuviera tocando el libro más frágil del mundo. Y de vez en cuando, lentamente, se acercaba la copa a los labios y  saboreaba el mejor vino de la casa.

Era la hora. La obra comenzaría en 30 minutos. La silueta apagó la colilla, girándose mientras la pisaba con sus zapatos brillantes. Le echaba a la mujer de los labios recién pintados una última mirada a través del cristal, como si fuera su forma de despedirse. Y seguidamente, se acercaba a su mujer  que esperaba a su lado pacientemente y le daba un beso en la mejilla mientras ella le deseaba mucha mierda para esa noche. Después, desparecía por una de las puertas del teatro.

Al otro lado del cristal, ella levantaba la vista del libro y le veía marcharse. Ya había terminado su vino. Cerró el libro, volvió a marcar la esquina de la página y lo guardó en el bolso.

– ¿Me puedes traer la cuenta cuando puedas?

– Por supuesto. Lo de siempre, señora.

–  Muchas gracias

– A usted. Vuelva pronto.

– No lo dude.

Mientras ella salía con los labios más rojos de toda la cafetería, su marido llegaba a la puerta. Con su jersey de lana marrón y sus gafas pasadas de moda. Le daba un beso en la mejilla y le preguntaba qué tal la tarde. Y de la mano, se marchaban juntos a casa. Otro día más.

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4 Respuestas a “El mejor vino que tengas

  1. Elegante, muy elegante.

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