Vagón de cola

Abriendo carpetas olvidadas y retomando viejas historias…

{Por y para Esther. Porque si cuando empecé no llego a tener buenas críticas, aunque demasiado bondadosas, nunca me hubiera atrevido a seguir…}

2008

Corriendo subes al vagón vacío de la cola. Es temprano, tanto que todavía el sol no ha logrado hacerse un hueco en el horizonte. La calefacción te calienta sólo los pies. Por las rendijas de las ventanas se va colando poquito a poco pequeñas corrientes de aire que te van enrojeciendo e insensibilizando la nariz.

Tu asiento, junto a la ventana. El exterior casi es imposible de ver, la niebla se posa sobre todo lo que encuentra. Sacas tu libro, lo abres por la página cuya esquina está doblada y comienzas a leer la aventura que ayer dejaste a la mitad, bajo unas fuertes luces artificiales que hacen resaltar el blanco de las páginas y te obligan a esquivar el destello entrecerrando los ojos.

Primera Parada. Aunque sigues leyendo, tu curiosidad hace que te preguntes qué tipo de persona subirá a continuación. Quizá sea  el protagonista de tu libro, intentando huir del asesino, o quizá sea el propio asesino en busca de una nueva víctima, o, más trepidante aún, quizá sea un sencillo hombre que se sienta en un asiento al final del vagón, saca su libro y comienza a leer por la página marcada con la esquinita doblada. De repente, te preguntas si  lee o sólo piensa fijando la mirada en un mar de letras sin sentido acerca de cómo arreglárselas para poder escaquearse de la oficina y pasar un rato con la camarera del bar de al lado. La misma con la que no puede para de hablar  pero a la que no se atreve a dar el primer paso e invitarla al cine.

Segunda Parada. Esperas sin dudarlo a ese grupo de chicos que todas las mañanas dejan sus padres en la estación para ir al centro. Aunque tienen cuerpo de adultos,  sus mentes son de niños. Disimuladamente, ciñes tu mirada al libro, paras la música y esperas que se sienten cerca para poder escucharles. El debate comienza. Los temas, los del día. Y sin embargo, un mundo distinto. La diferencia es clara.  Ellos, por fortuna, todavía creen en la bondad.

Tercera Parada. Sabes perfectamente que es su parada, ellos se levantan y sumergidos en su maravilloso e inocente mundo se bajan del tren, lanzándote una sonrisa a modo de despedida.

En esta parada se suben las dos mujeres mayores, ¿qué cotilleos traerán hoy? No te apetece escuchar música, prefieres oírlas hablar de gente anónima y sus chismes anónimos. Es curioso, la primera vez que las oíste, te resultó extraño que no hubieran hablado nunca antes, sin embargo, era la primera vez que se veían. Ese día, cuando subieron al tren, únicamente querían encontrar a alguien que les diera conversación, y cuando bajaron, resultaban ser familia, sus respectivos sobrinos se casaban en abril. Hoy no hablan de sus sobrinos, prefieren comentar el último cotilleo candente que se oye esta semana en televisión de la Pantoja. Decides desconectar y fijarte en alguna otra persona que pueda darle juego a tu imaginación. Ahí está. Te mira. Le miras. Te sonríe. Le sacas la lengua. Sentado en su carricoche, con su abriguito puesto y mirándote sin dejarse en el tintero ninguno de tus movimientos. Pero pronto se cansa de tus tonterías, y, absorto de todo lo que ocurre a su alrededor, apoya la cabeza y cae rendido. Duerme tranquilo, sin percatarse de nada. Su madre le mira, le tapa cuidadosamente con una mantita y, acto seguido, se arregla el velo mientras mira alrededor disimuladamente. Es su parada.

Cuarta parada. El tren se detiene durante diez minutos. Esta parada es una parada peculiar. Las personas que están acostumbradas a coger este tren todos los días saben que deben esperar, sin embargo, las que no lo están, se impacientan, comienzan a mirar sus relojes y a ponerse cada vez más nerviosos ¿le ocurrirá algo al tren? ¿Llegaré a tiempo a la reunión? ¿Dónde estará la estación de autobuses en este pueblo? Sin embargo, se tranquilizan cuando  se dan cuenta que hay que esperar para que pase el otro tren. Al pasar, el viento golpea contra nuestro tren que, levemente, se balancea. Seguramente, en él haya personas semejantes a las personas que viajan en el nuestro. La única diferencia, el lugar de donde vienen, y el lugar a donde se dirigen.

Las personas que suben en este pueblo, aprovechan los minutos fumándose un cigarro antes de subir. Suena el pitido, van a cerrar las puertas. Normalmente suelen montarse en esta parada personas mayores que se dirigen a las ciudades más cercanas, con sus sobres marrones repletos de pruebas médicas, para examinarse. Llevan sus mejores galas, van perfumados, repeinados y nerviosos. Si lo piensas, parecen niños pequeños el primer día de colegio. Hoy se ha sentado uno de ellos frente a ti. Sabes que te va a hablar, da lo mismo que lo esquives con la mirada, que te pongas música, o que vayas leyendo, ellos te hablan siempre. Pero hoy, te apetece, quieres que te cuente alguna batallita, quieres que te explique sus dolencias, quieres que te cuente que tiene un nieto de tu misma edad y que está estudiando en la universidad de no se acuerda dónde, no sabe qué carrera. Te entretiene durante el último tramo. Pero, la siguiente parada es la tuya. Le dices, yo me bajo aquí. Él se despide, te da suerte para los exámenes y para que todo te vaya bien en esta vida y su cabeza vuelve a trabajar, pensando qué es lo que le va a decir al médico cuando llegue.

Te levantas. Abres la puerta y comienzas a andar. Son las 9 de la mañana. Sales de la estación. Y sí. El sol ya ha vencido la batalla.


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3 Respuestas a “Vagón de cola

  1. Nunca han sido demasiado bondadosas, ni piadosas. De hecho cuando algo no me cuadra, te lo digo. Eres fantástica escritora, y quien diga lo contrario, miente. (Conclusión: eres una mentirosa!!!!)

  2. Me gusta y yo no soy mentirosa, ni bondadosa. Sigue, sigue, sigue…..por favor, permitiéndonos disfrutar con tus relatos.

  3. Ya veo que nunca podré ser tu fan número uno, pero no será por falta de ganas.

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