El deseo

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La soledad no es tan mala como la pintan. Yo pensaba así, hasta ese día. Me dijo en una de nuestras conversaciones nocturnas en algún banco perdido de la ciudad.

Era verano, aunque en ese país nunca lo fuera del todo. Vivía con tres chicas que les gustaba tomar zumo con las comidas y con las que había tenido que correr en un barrio de las afueras delante de unos niños que habían decidido que eran un buen blanco para tirarles huevos. Miraba sus pies mientras lo recordaba pero sonrió.

Llovía. Esa mañana ya no quedaba nadie. Ella no podía dormir. Nunca puede dormir cuando piensa que podría estar haciendo otras cosas más interesantes. Mientras se paseaba pasillo arriba y abajo, el silencio se hacía cada vez más fuerte y ella no aguantó más. Cogió ese chubasquero rojo que su madre le había comprado demasiado grande cuando ella todavía era demasiado pequeña y se marchó sin avisar a nadie.

Ahora el que sonreía era yo. Sabía cual era ese chubasquero. Todavía hoy lo usa cuando llueve y siempre que hacemos algún viaje lo echa en la maleta (por si acaso) aunque yo sé que le encanta tener que utilizarlo.

Llegó a la estación de tren. Esa estación escondida, gris, sucia, llena de vigas de hierro y de gente con cara de sueño. El tren iba casi vacío. A la izquierda mar y más mar difuminado por la lluvia. A la derecha, ventanas cerradas, tazas de té y jardines vacíos.

No sabía a dónde ir. Dalkey no sonaba mal. Lo había leído en un cartel en la estación. Mientras miraba a través del cristal empañado, la pareja de al lado comenzó a discutir. No gritaban. En esos países no se grita si no hay alcohol de por medio. Sólo discutían. Los miró con cara de pena y volvió a perderse entre los grises del otro lado del cristal.

Era un pueblo pequeño, vacío y de color piedra, siguió contándome. Famoso por ser un pueblo donde los famosos del país se compraban la casa para veranear. Más famoso aún porque uno de aquellos famosos era Bono, de U2.

Comenzó a andar. Se acercó hasta la playa, pero allí no había playas. Sólo rocas y un mar encrespado. Siempre se acerca hasta el mar cuando visita un pueblo costero como si tuviera que cumplir con él antes de seguir su visita. La lluvia cada vez era más fuerte, el día cada vez era más gris y las calles cada vez estaban más vacías. La tiendas estaban cerradas y las teles encendidas en los salones con grandes ventanales.

Caminó sola mientras sentía como se iban mojando sus pies y los bajos de sus pantalones. Hacía frío y si levantaba la cabeza se mojaba la cara. Escuchaba las gotas chocar contra el suelo. Estaba sola. Y le gustaba.

Llegó hasta una iglesia. Era domingo y supuso que, como todas las iglesias  los domingos estarían abiertas. Entraría un rato. Le gustaba visitarlas porque disfrutaba buscando las diferencias entre las iglesias católicas irlandesas y las de aquí. Y ya de paso, se resguardaría y podría secarse un poco.

Ya en la puerta, se encontró a un señor mayor. Un anciano que caminaba sin paraguas, con las gafas sucias y con el cuerpo encogido.

Él la miró y se acercó a ella. Amablemente le preguntó que qué hacía por la calle con la que estaba cayendo. Ella no contestó, únicamente le miró y le sonrió. Él le devolvió la sonrisa. Una sonrisa agradable, recordaba. Vamos dentro de la iglesia, seguro que estarás mejor. Le dijo mientras abría la puerta. Por aquí, la guió hasta el centro del pasillo.

Los bancos eran de madera clara. La sala era gigantesca y con mucha luz. Pero el altar era oscuro y sobrio. Cuatro señoras mayores estaban perfectamente dispuestas en cuatro puntos distintos de la iglesia. Arrodilladas en silencio frente al altar. Parecía como si esas cinco personas fueras las únicas personas del pueblo.

Las miró y se volvió hacia él mientras él le preguntaba. ¿Crees en Dios? No, no creo. Lo siento. Le contestó ella. No lo sientas, yo sí creo, pero entiendo que no todo el mundo crea. Le dijo mientras le volvía a sonreír. Siéntate y sécate un poco. Aquí no corre aire y no te mojarás. Cuando hayas descansado, pide un deseo. No tienes que creer en nada para desear algo y puede que se te cumpla. Espero que todo te vaya bien. Le dijo mientras le daba la mano y le volvía a sonreír. Igualmente, contestó ella. Y se alejó andando despacito y encogido hasta que desapareció por una portezuela.

Ella se secó como pudo, y miró hacia el altar. Se reafirmó, no creía en Dios. Luego miró el charco que había formado en sus pies, pensó que alguien tendría que limpiarlo más tarde y se sintió culpable. Volvió a mirar al altar y pidió el deseo.

Justo en ese momento dejó de mirar sus pies como había hecho durante toda la historia y giró la cabeza hacia mí. Me sonrió, supuse que como le había sonreído aquel señor hace unos años a ella y entornó las cejas. No recuerdo cuál fue mi deseo. Me dijo. Esto la convierte en una historia sin final, le contesté mientras me reía. Lo siento, me contestó mientras se contagiaba de mi risa. A mi me gustan los finales abiertos.

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Una respuesta a “El deseo

  1. Dejar el final abierto es, porque no sabe como acabar la historia? Que facil, no?

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