Recuerdos

No había parado de llover desde que él se fue. Se pasaba los días en duermevela y las noches despiertas leyendo. Únicamente salía para ir hasta la cafetería donde se habían conocido, pedir un café y escribir su libro.

La cafetería, escondida en un callejón oscuro, le daba la bienvenida con sus sillones desgastados, sus velas derretidas y sus paredes de ladrillo llenas de cachivaches. Siempre en silencio, la gente ocupaba los rincones más oscuros de la sala, y allí, se difuminaban entre sus pensamientos. Nadie hablaba, nadie se miraba, ni si quiera se sentían.

Mientras sacaba su libreta pedía un café con leche bien caliente y recordaba que había sido él quien se la había regalado en esa misma mesa. Mientras buscaba un bolígrafo entre todos los trastos de su bolso, el café ya estaba echando humo sobre la mesa. Miraba alrededor y durante unos minutos conseguía distraer su mente. Los miraba, los observaba, analizaba cada uno de sus movimientos e imaginaba cada uno de sus problemas. Sabía que ellos no se darían cuenta.

Aquel chico del fondo, por ejemplo. Lo había visto varias veces. Su ojos eran tristes y sus manos delicadas. Siempre buscaba el mismo sillón. Llegaba con la mirada fija en su rincón y siempre pedía un té negro con un poco de leche.  Mientras se acomodaba  y apoyaba sus manos sobre los reposa brazos, cerraba lentamente sus ojos y como si se introdujera en un recuerdo, dejaba que sus dedos se dejaran llevar por los ritmos de Davis, o de Coltrane, o de Brown que siempre sonaban de fondo.

Al lado de la lámpara roja, siempre había una mujer mayor. Llevaba el cabello blanco recogido en un moño alto y las mejillas con coloretes rojos.  Había tenido que ser una mujer muy guapa pero su cara ya sólo reflejaba el paso de un tiempo agotador. Todos los días la veía aparecer con un álbum de fotos distinto y mientras se tomaba un chocolate caliente, pasaba una tras otra hojas repletas de fotografías en blanco y negro. A veces se la escuchaba susurrar. A veces sonreía. Otras veces veías como limpiaba apresuradamente alguna lágrima con el puño de su camisa. Y cuando terminaba de verlas todas, lo cerraba y lo metía en una bolsa de tela. Se marchaba siempre sin mirar a nadie pero con la cabeza alta. Recordando todos y cada uno de los rostros de su pasado.

Otro hombre acudía todos los días a la cafetería. Se solía sentar en la mesa de enfrente de ella. Pedía siempre la misma marca de whisky escocés con agua, que siempre agitaba y  se acercaba a la nariz antes de beber. Era su ritual. Entonces sacaba su libro y comenzaba a leer. Siempre leía el mismo. Ulysses de James Joyce. Cada vez que lo terminaba, volvía a comenzar. Una y otra vez, como si su vida se hubiera estancado en un mismo momento y el tiempo hubiera decidido abandonarle ahí.

Pero ella tampoco aguantaba mucho. Después de observarlos un rato, bajaba la mirada y se encerraba en su libreta. Escribía un párrafo, lo releía, lo tachaba. Volvía a comenzar. Como un mecanismo de defensa ante su mente. Pero los recuerdos se habían quedado instalados en su cabeza y no conseguía escribir dos párrafos seguidos sin incluir alguno de ellos.

Al fin, cuando su mente no aguantaba más, se rendía a su pasado y escribía, escribía sin parar. Escribía hasta que le dolía la mano. Escribía. Sólo escribía. Hasta que la oscuridad lo invadía todo y su única luz era la llama de una vela. Entonces, levantaba la cabeza. Miraba a su alrededor y ya no había nadie. Era la hora de marcharse.

Ya en casa, en la cama buscaba su libreta y releía. Releía toda la noche. Una y otra vez, repasando cada uno de los recuerdos, cada uno de los momentos. Volvía a releer. Corregía. Se reía. Lloraba y releía.

Al primer haz de luz, cuando conseguía entrar en el sueño absurdo y nervioso que la acompañaría durante todo el día, cogía las páginas y las rasgaba. Las destrozaba una a una en una lucha contra su pasado. Y los pequeños trozos que resultaban de la batalla los echaba a la chimenea. Le gustaba ver cómo ardía. Como intentaba huir de los restos que el  tiempo había dejado ahí.

La luz ya entraba por la ventana mientras ella miraba el fuego entre lágrimas sujetando fuertemente la libreta contra su pecho. Hoy también llovería.

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