Dudas

Era febrero, pero hacía calor. Todavía llevábamos el abrigo, como si tuviéramos que cumplir con esa época del año. Pero a diferencia de otros febreros, la gente le sonreía al sol y le lanzaba agradecimientos en forma de chaquetones colgados del brazo y de camisas remangadas. Al mismo que les había permitido salir de las cafeterías y leer en el césped o en los bancos del Retiro, con el sonido de los músicos y de los susurros de las adivinadoras de fondo. Y allí estaba él, sentado en un escalón del lago, con sus gafas de sol y su barba de tres días. Le había dado por ese autor japonés que estaba tan de moda, él decía que no le dejaba parar de leer. Me acerqué a su lado y me senté junto a él. También saqué mi libro. Yo pasaba por la época de los clásicos y ahora me estaba dejando embaucar por Flaubert y su amante insatisfecha.  No levantó la cabeza, sabía que no lo haría, era muy propio de él, como también lo era saludarme con una leve palmada en el muslo.

Aunque el frío hubiera dado una tregua, la noche no estaba de acuerdo con llegar más tarde y el sol tuvo que irse, como todos los inviernos. El parque se fue vaciando y los músicos dejaron de tocar.

Es hora de irse. Me dijo por fin mientras se levantaba y metía su libro en el bolsillo del abrigo.

En silencio y de la mano salimos del Retiro, y dando un paseo llegamos a la cafetería de debajo de casa. Hacía esquina, era pequeña y siempre olía a pan recién hecho porque la panadería de al lado, horneaba pan a todas las horas del día. Eligió una mesa y pedimos un café y un té.  Sabía que él volvería a sacar su libro. Siempre lo hacía, como un resorte que se activa cuando se sienta. Pero esta vez apoyó los brazos sobre la mesa y me miró a los ojos. Sus ojos estaban tristes, cansados, como si no hubiera dormido en años. No puedo más, me dijo mientras comenzaba a llorar. De verdad que no puedo más. Sorprendida, miré alrededor y comprendí lo bien escogida que estaba la mesa. He estado demasiado tiempo reprimiéndome y ya no puedo más.

Nunca le había visto llorar y estaba asustada.  Lo siento mucho, me dijo cogiéndome de las manos. Lo siento de verdad. Se levantó, sacó un sobre del bolsillo y cinco euros. Los dejó sobre la mesa, se acercó, me dio un beso en la frente y se marchó.

Extrañada, conseguí abrir el sobre. Sólo había una pequeña nota, escrita con su letra y manchada de café.

La duda no se alivia, no se va.  ¿Por qué algo es rojo y mañana verde? ¿Qué cambia en mí? ¿Qué se queda y perdura? Tantas preguntas llegan a la cabeza que es difícil contestarlas, nunca puedes contestar, hablas, sólo hablas, te aconsejan, te dejan atrás, retomas el paso y todo está igual. Nada aclarado y todo al revés. Amor, libertad, tiempo, luces, oscuridad, sexo, dinero, colores, el universo se confabula contra la idea de la sencillez. Duermes y despiertas, el mundo no ha cambiado, tú sí, tú vuelves a dudar. Abres la puerta y todo lo que ves son indecisiones, piensas de nuevo, pero cambia, todo cambia y cambia. Te dejas llevar y no puedes, al acecho, las esperas. No las quieres, las olvidas, las evades, y te refugias en mil historias inexistentes. No, la realidad sigue ahí y te golpea fuerte a cada paso, y cada golpe te produce una nueva duda más temida que la anterior y huyes y escuchas, y callas, y hablas sin saber, y vuelves a callar.

He cerrado los ojos y  no voy a despertar.

Corriendo salí del café y subí a casa. Ahí estaba él. Sobre la cama. Acostado bocarriba, sonriendo. Me miró, se levantó, se acercó a mí, ahora era yo la que lloraba. Me agarró la cara, me volvió a besar, esta vez en los labios y me susurró: Necesito soñar.

 

 

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