Nadie

Fui el último en llegar, o eso creía. La sala estaba abarrotada de gente. Pocos pasaban de los 40. Había alguno que otro confundido y pocas caras conocidas.

Era extraño. Pensaba. Desde que esta mañana Jose me había llamado para contármelo, no había parado de recordar todos los momentos que habíamos pasado juntos.

Al principio no supe cómo reaccionar. Había pasado tanto tiempo que habíamos perdido el contacto. Sabía de sobra que había sido su culpa. Nunca me había dejado saber nada de su vida.

“Esta tarde me paso por el tanatorio, si tengo un rato”, le había dicho a Jose sabiendo que ni siquiera iba a intentar encontrar ese rato.

Habían pasado demasiados años. No paraba de repetirme lo mismo. Pero, sin ningún motivo, el tema volvía siempre a mi mente. No podía parar de recordar. Era ella. Era nadie y era ella. Era ella en su piso de estudiantes. Era ella con su libro de algún escritor checo y su lata cerveza sentada en el sofá mientras ponía música extraña que, según ella, era de la mejor que había escuchado. Era ella la que se quejaba cuando había que hacer la cena y acabábamos borrachos de pereza. Era ella mientras le hacía el amor, bueno, mientras le echaba un polvo. No le gustaba “hacer el amor”, “nadie hace el amor hasta que sabe que está haciendo el amor”, decía. Era ella la que me contaba historias de lugares lejanos  de los que yo nunca me había planteado su existencia. Sus “pájaros en la cabeza”, los llamaba. Era ella, y sus amigos, sus otros amigos con los que también “echaba polvos”. Esos que no tenían nombre.

Salí a la calle. Ahí estaba Mara. Me estaba esperando en el coche. Íbamos a comer juntos, como todos los viernes. Y después recogeríamos al niño. Mara no sabía nada. Ella nunca había sido nadie.

Pero, ahí estaba otra vez. Otra cerveza. Esta vez la música era suave, agradable. Según ella, era un grupo serbio bastante conocido. Yo nunca lo había escuchado. Estaba tendida en el suelo, desnuda. En una duermevela que la hacía sonreír. Se iba en dos horas. Decía que para no volver. Simplemente se iba. “A aprender del mundo”, decía. Y añadía, “es una frase muy típica, pero mentiría si dijera otra cosa.”. Y se reía. Me vestí. Tenía que trabajar antes de ir a clase. La acaricié y la besé. Me sonrió y me susurró, “no te preocupes, algún día tendré que volver”.

Después de comer le dije a Mara que me iba a dar un paseo. Que recogiera ella al niño. El tanatorio no me pillaba muy lejos. No vi a Jose, pero había mucha gente. Su madre estaba en el sillón y recibía cordialmente todos los pésames. Siempre había pensado que ése era el peor momento para recibirlos, pero todo estaba organizado para que los familiares sufrieran el máximo durante esos dos días.

No me acerqué. Me dirigí a la esquina de la habitación y miré a través del cristal. Allí estaba ella. Estaba más mayor y con el pelo más corto. Parecía que sonreía, como en su duermevela. ¿Cuánto habría aprendido? ¿Hasta dónde habría llegado? No quería saberlo. Ella no era nadie.

Me separé y miré a mi alrededor. Nadie hablaba. Nadie lloraba. Supuse que todos los que estaban allí ya se habían acostumbrado a echarla de menos. Luego pensé que muchos de aquellos hombres serían amigos sin nombre, como yo. Ella no era nadie.  Pero nosotros tampoco. Y todos estábamos allí.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s